Montones con 6 millones de restos óseos han sido testigos mudos, desde 1786, de la gran historia que envuelve a París.

Texto y fotos de Juan Manuel Gómez

Es curioso pensar que bajo los alegres pies de la Maga (personaje de la novela Rayuela de Julio Cortázar), cuando iba a visitar a Oliveira a su pieza de la Tombe Issoire, con su flor, su tarjeta de Klee o Miró y su hoja de plátano del parque, había túneles sinfin llenos de calaveras dispuestas en ridículas posturas.

De los 322 kilómetros de túneles que fueron cavados a partir del siglo XV para extraer de ellos la piedra de construcción de los edificios de París, actualmente sólo se puede recorrer uno, y tan sólo ahí hay 6 millones de cuerpos dispuestos en montoncitos perfectamente clasificados. Muchos provienen del cementerio de los Santos Inocentes, en el barrio de Les Halles, donde se depositaron los restos de los parisinos desde antes de la época medieval.

En el siglo XVIII, sin embargo, esto acarreó una catástrofe sanitaria que obligó a las autoridades a planear una solución radical. El 9 de noviembre de 1785, el Consejo del Estado del rey mandó desaparecer por completo el cementerio de los Santos Inocentes; cinco meses después, el 7 de abril de 1786, se inauguraron y consagraron las Catacumbas, que habían sido acondicionadas para recibir los cadáveres que contenía.

Ahí se trasladaron, a partir de ese momento, los restos óseos de todos los cementerios de París y sus alrededores. Esta labor duró año y medio y fue realizada por la noche, en carretas que recorrían la ciudad en silencio: una lúgubre procesión que concluyó poco antes de la toma de la Bastilla y el inicio de la Revolución Francesa. Fue la extravagante sensibilidad artística del arquitecto Charles-Axel Guillaumot, Inspector General de Canteras, la que decidió que los huesos debían ser colocados y dispuestos de la manera que se encuentran ahora.

Las Catacumbas están debajo de una parte considerable de la ciudad de París: se ubican bajo los distritos 5to., 6to., 12o., 13ro., 15to. y 16to. La sección que se localiza en el distrito 14to., al sur del río Sena, sobre la Rue de la Tombe Issoire es la que tiene un acceso turístico controlado. Las entradas se localizan muy cerca del cementerio de Montparnasse. Para llegar a las Catacumbas (a 20 metros de profundidad) se bajan 84 escalones. Se dice que en el umbral de algunas de las puertas de acceso hay leyendas como “¡Detente! Este es el imperio de los muertos” o la frase que mira de reojo Dante al traspasar la puerta del Infierno en la Divina Comedia: “Abandona la esperanza si entras aquí”.

Para los ojos del mundo contemporáneo se trata de un espectáculo grotesco, y el morbo lleva a muchos curiosos al número 1 de la Avenue du Colonel Henri Rol-Tanguy, frente a la estación del metro Denfert-Rochereau y la glorieta del león de Belfort. La fila para entrar es larguísima; hay que ir preparados para pasar en ella al menos una hora. La puerta de entrada la abren a las 10 am y la cierran a las 7:30 pm. Es recomendable hacer una reservación online en www.catacombes.paris.fr  porque hay días que está cerrado.

En Europa, los enterramientos en fosas comunes, y su posterior exhumación y acomodo, fue práctica común desde los inicios de la era cristiana, aunque tuvo un auge inusitado a finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX. De ese apogeo del arte de acomodar estéticamente los huesos de la gente muerta hay ejemplos por toda Europa (y algunos de ellos pueden ser visitados hoy en día como cualquier atracción turística).

La Casa de los Huesos de Hallstadtt proviene de ese momento, así como el osario con alrededor de 11 mil cuerpos que se encuentra bajo la catedral de San Esteban, en Viena.

En las ciudades checas de Brno y Sedlec hay sendos osarios abiertos al público. Ambos contienen más de 100 mil cuerpos. El primero se encuentra bajo la iglesia de St. James, y el segundo tiene la peculiaridad de que algunos huesos que datan del siglo XVI fueron organizados a manera de candelabros y ornamentos varios para decorar una capilla de la aristocracia.

En la iglesia de St Paul, que se halla a las afueras de Mdina, en la isla de Malta, hay una serie de túneles y galerías que fueron construidas entre los siglos IV y IX. Las 24 catacumbas que hay ahí tienen un total de mil cuerpos de enterramientos paganos, cristianos o judíos. Dos de ellas están abiertas al público.

Italia es el lugar donde hay más catacumbas. Se dice que por debajo de toda la vía Apia en Roma hay tan sólo 60. Las más famosas son las de San Calixto, que tienen 20 kilómetros de largo, y en algunos tramos hasta tres niveles superpuestos. Ahí hay más de 750 mil cuerpos.

En Nápoles se enterraron los obispos hasta el siglo XVI, las catacumbas del Capodimonte fueron saqueadas en distintas épocas y los restos, reubicados. Esas cavernas se utilizaron como escondite durante la Segunda Guerra Mundial. En la isla de Sicilia se encuentra uno de los más grandes prodigios del arte de burlar a la muerte: se trata de la niña de Palermo. Fue embalsamada hace más de 100 años por el doctor Alfredo Salafia mediante un procedimiento que jamás ha podido ser replicado, ya que, a su vez, se fue con él a la tumba.

La niña de dos años luce perfecta y lozana detrás de un cristal. La leyenda dice que de vez en cuando incluso abre y cierra los ojos. Se encuentra rodeada por los cadáveres de 800 monjes capuchinos que fueron dispuestos verticalmente en los sótanos de un monasterio construido en 1599, sobre nichos y paredes.