Champaña Cristal, casa fundada por Louis Roederer y preferida por la Corte Imperial Rusa, sigue conquistando paladares.

Igual de seductora como letal puede ser una botella de la más fina de las bebidas. La historia nos lleva a célebres ejemplos de venenos vertidos en bebidas espirituosas, como el de Alejandro VI, el papa Borgia que, tras confundir su copa bebiera una mortífera mezcla con la que pensaba aniquilar al incómodo cardenal Cornetto. Otro caso emblemático sin duda es el de Rasputhjín, el mísitico consejero del Zar Nicolás II, quien bebiera de una copa emponzoñada.

Este último ejemplo decidió (en 1919) al gobernante de la poderosa Corte Imperial Rusa, ferviente aficionado a las cosechas de Louis Roeder, ordenar que todas las botellas de Champagne fueran transparentes para verificar su contenido, además de planas para detectar posibles bombas en su interior. Así nació el legendario sello Cristal, una de las denominaciones más simbólicas de la élite mundial en la historia de las champañas.

En 1945 Cristal de Roederer comenzó a comercializase en el planeta hasta convertirse en la referencia de mercado. Una de sus más acabadas versiones es la 2007, confeccionada con 58% de uva Pinot Noir, 42% Chardonnay, y el resto con vinos madurados durante un lustro en barricas de roble, resguardadas en cavas con bazuqueo (fermentación) semanal, y ocho meses de reposo tras degüelle (segunda fermentación).

Con esto, la champaña adopta un color dorado con tintes anaranjados en medio de la actividad de una fina burbuja, con bouquet clásico y discreto al mismo tiempo que, en el paladar se siente un sabor a fruta madura y ligeramente acidulado. Ideal para acompañar con una recién hornada tarta caramelizada.

Una de sus peculiares características es que, luego de un breve reposo, esta champaña revela notas de chocolate blanco y de avellanas, propias de las fermentaciones en madera de la extraordinaria vendimia de vinos de 2007.

En la boca se siente concentrado con mayor influencia del sabor de los frutos maduros. Su toque ahumado se mezcla con una textura aterciopelada y fresca; la misma magia que enamorara a Nicolás II en el Palacio Alexandrovski.