Ida y vuelta al infierno en 7 minutos

Ida y vuelta al infierno en 7 minutos

En ese lapso, el cineasta Alejandro G. Iñárritu muestra las entrañas del infierno migrante a través de Carne y arena.

El proyecto, que es un híbrido entre teatro en vivo y un videojuego, transporta de lleno a las vidas de 14 protagonistas que buscan llegar a Estados Unidos desde México.

Gracias al ingenio y maestría de González Iñárritu y de su socio, el director de fotografía Emmanuel Lubezki, el espectador (que en esta ocasión hace mucho más que simplemente observar) puede adentrarse (o no) en la trama. Por este trabajo multisensorial, el artista recibió en noviembre del año pasado un Oscar especial por esta compleja y única experiencia.

Para empezar, comprar el boleto de entrada es un reto, pues solamente se pueden adquirir los lunes, desde las 9:00 horas hasta agotar existencias (que en tres ocasiones comprobé que eran unos 15 minutos después). Para ello entré a www.carneyarenatlatelolco.com.

Si se consigue una entrada, el siguiente paso para experimentar Carne y arena es trasladarse al Centro Cultural Tlatelolco.

En caso de que el espectador llegue con tiempo al recinto, como fue mi caso, podrá sentir cómo retumba la instalación. Lo anterior hizo que mi experiencia fuera más imponente, ya que no había dimensionado el tamaño de la obra.

El proyecto está pensado para que sólo una persona entre al edificio cada 15 minutos, así que uno no se topa con mucha gente. En la entrada del lugar, donde solo yace una banca, un guía explica las reglas del “juego”.

 

GAME ON

Todo inicia al entrar a la “hielera”, que creó González Iñárritu para que el espectador experimente el lugar al que son enviados inmigrantes capturados por patrullas fronterizas de Estados Unidos.

El frío cala, pues uno tiene que quitarse zapatos y calcetines al llegar a esta impersonal habitación, pero nada impacta tanto como ver decenas de zapatos que pertenecieron a hombres, mujeres, y niños que intentaron cruzar la frontera, y no lo lograron.

Pasan los minutos. Todo está en silencio, el frío arrecia y de repente me dan luz verde para entrar a la siguiente habitación. Empujo la puerta. Mis ojos resienten la falta de luz, aunque siento los pies cómodos, pues camino sobre arena. Mi corazón se acelera debido a que me invade la incertidumbre. Aún no logro entender la dinámica, pero sé que lo mejor está por venir.

Dos hombres se me acercan y me llenan de instrucciones, me dan unas gafas Oculus Rift (de 3D), unos audífonos y una mochila.

En un abrir y cerrar de ojos me encuentro en algún punto del desierto; pertenezco a un grupo de indocumentados. Nuestro líder es un “coyote” y nuestra misión, por la que nos estamos jugando la vida, es pasar a territorio estadounidense.

En segundos, mientras trato de convencerme que nada es real, la ficción y la realidad se entrelazan. El contacto con la arena, los sonidos y el aire me transportan al lugar capturado por la lente de Lubezki.

Empecé cauta, distante a la historia que veía que se desarrollaba frente a mi. Finalmente me arrollidé, obedeciendo las órdenes de los agentes fronterizos, armados de perros y fusiles. Un rifle roza mi cara, por extraño que eso parezca, pero el instinto es instinto así que terminé haciendo lo que nos pedían.

En un lapso de siete minutos, gracias a la realidad virtual, me sentí en una montaña rusa de emociones. Pasé de estar indiferente a agobiada y con miedo.

Después de experimentar en carne propia un trozo del infierno migrante, quedé más que agotada, pero aún me faltaba una experiencia más: un cuarto que albergaba las historias de 14 indocumentados (mexicanos, hondureños y salvadoreños, entre otras nacionalidades) que sueñan con una mejor vida.

Carne y arena conmueve al espectador, convertido en protagonista de forma especial, pues el recurso narrativo es único y envolvente. Aquí no hay encuadres ni momentos claves, pues uno forma parte de ese mundo virtual, pero muy real. La experiencia es muy vívida y humaniza a quienes jamás habíamos pensado en este infierno migrante.