Noventa, sesenta… ¡proyecta!

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Noventa, sesenta… ¡proyecta!

El instrumento de comunicación más poderoso que una persona tiene es su propio cuerpo, pues proyecta lo que uno desea.

Siempre que voy de vacaciones me tomo un tiempo para echar un ojo a otras mujeres alrededor de la alberca. Y no, no para recortar su look, su peso o su traje de baño, sino para intentar robarme su secreto para andar apenas en minibikini y caminar por la playa como si nada.

Y no, no tiene nada que ver con que sus medidas sean 90-60-90, ni con que su piel tenga la salud y lozanía que la piel de casi todos tiene a los 20. El secreto está en la imagen que ellas tienen de sí mismas y que proyectan a los demás.

No estoy hablando de mujeres que han descuidado su peso y su salud a niveles enfermizos; me refiero, más bien, a aquellas que han aceptado su constitución física, que entienden que su piel tiene más de 30 y que han aprendido a cuidarse y sentirse seguras en su propio cuerpo.

El antropólogo y pionero del estudio de la comunicación no verbal, Ray Birdwhistell, consideraba que cada persona adquiere su aspecto físico, contrario a la creencia de que se nace con él.

Los movimientos de los ojos o las cejas que aprende en su cultura determinan la forma final que estos tendrán, la gesticulación obliga a la boca a adquirir cierto contorno y tamaño, y el modo de caminar influye directamente en el desarrollo de sus extremidades.

Siguiendo esa teoría, lo que nuestro cuerpo proyecta –en bikini, sin bikini o en un traje sastre– es justo aquello que está programado en nuestro cerebro.

Por ello es indispensable hacer una reprogramación consciente de nuestro cerebro para cambiar no sólo la ropa en nuestro armario, sino nuestra postura, la profundidad de la mirada, el movimiento de las manos, nuestro paso al caminar y hasta la calidez de nuestro saludo con el fin de avanzar hacia el poder.

Encontrarnos cómodos en nuestro cuerpo es el primer paso. El cuerpo es nuestra tarjeta de presentación. No en vano la más reciente encuesta del INEGI reveló que la gente con tez más clara tiene mejores oportunidades laborales y puestos más altos en sus empresas.

Más allá de la discriminación que sigue imperando en el país, arraigada en la mente de miles de mexicanos, permanece una voz alimentada a través del tiempo que no nos hace creer merecedores de más, por eso los extranjeros o descendientes de familias americanas o europeas, con pieles más claras, terminan quedándose con los cargos directivos.

No es sólo el color de la piel, es la postura al solicitar algo, la confianza en la sonrisa, la caída de los brazos que te abre a nuevas opciones, el entrecejo relajado, la mirada de frente, el saludo lo que hace la diferencia a primera vista.

Si el color de la piel fuera determinante, Barack Obama jamás hubiera sido presidente de la nación más poderosa del mundo, ni Oprah Winfrey sería la reina del entretenimiento. O más cerca, si el tamaño fuera condicionante, Agustín Carstens no sería el Presidente del Banco de México, ni Benito Juárez, con su tez morena y su 1.30m. de estatura, habría sido presidente de México.

No se trata del cuerpo, sino de lo que somos capaces de hacer con él. Se trata de cuidarlo, programarlo y usarlo para proyectar aquello que deseamos ser. De sentirnos seguros en nuestra piel, cualquiera que sea su color; en nuestra edad, aunque vaya sumando, y en nuestra talla, aunque no sea perfecta.

Se trata de aprender que el primer instrumento de comunicación, el más poderoso que tenemos, es nuestro propio cuerpo. Es el único que tenemos, pero es también el único que podemos moldear, mejorar y utilizar a nuestro antojo para conseguir nuestra metas.

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2018-10-29T13:33:18+00:00

About the Author:

Lorena Hebé Moreno
Consultora de imagen, periodista. Apasionada del conocimiento. Me gustan los proyectos intrincados, las buenas pláticas y la música.
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