En imagen pública el fondo es siempre el origen de la forma; por eso unos lideran y otros siguen.

Los reencuentros son siempre emocionantes, nos permiten valorar el presente,  poner en su justo peso al pasado y nos permiten sobre todo tomar lo más útil para incluirlo en la construcción de nuestro destino.

Hoy me reencuentro con la prensa y no puedo estar más emocionada. Hace cuatro años dejé los medios escritos y me lancé en la aventura del mundo de la televisión. Por más que intenté mantenerme en contacto con el lápiz y el papel, el día a día, el aprendizaje a marchas forzadas, la información, los asuntos administrativos y mi obsesión por la escuela absorbieron todo mi tiempo.

Hoy me reencuentro también con un miedo que –me imagino– nos golpea a todos al momento de iniciar un nuevo proyecto y hacerlo público, el miedo al qué dirán.

Ese miedo es justo la materia prima que hoy me permite estar en contacto con ustedes: durante años odié hablar de asuntos de imagen por el miedo al qué dirán. Más aún, me negué a reconocer su relevancia y enorme poder con el argumento de que el fondo es siempre lo más importante, sin saber, que el fondo es siempre el origen de la forma, sin saber que negar mi encanto por la imagen pública tenía mucho que ver con la imagen que yo tenía de mí.

Hasta que un día le hice frente a ese miedo y decidí reconciliarme conmigo y potenciar lo que había vivido durante muchos años junto a él: decidí especializarme en temas de poder e imagen pública. Sí, especializarme en la imagen de todo, la que vemos todos los días, la de la primera impresión, la luz y la sombra, la que consigue que unos sean líderes y otros seguidores; que unos destaquen y otros los admiren; que unos sean escuchados y otros atiendan atentos lo que tienen que decir. Sí, la imagen que vemos y todo lo que está detrás de ella –y que casi nadie ve– para conseguir resultados que impacten.

El gobierno invisible, como lo llama Edward Bernays. La planeación, la construcción de discursos, la selección de un enfoque por encima de otro, la construcción del alma de lo que se ve, el espíritu de lo que se dice, la esencia de la imagen.

Ir al fondo de la figura que fue Barack Obama: qué hay de él y de todo su equipo, cuáles fueron las claves para volverlo el más poderoso, el nobel de la paz, el más popular y el más querido; explorar la imagen de Angela Merkel, averiguar por qué una conservadora de pantalones negros y sonrisa breve tiene la sartén por el mango en Europa; indagar en los motivos por los que Vladimir Putin es un día insoportable planeando un ataque y al otro irresistible sin camisa cazando en el bosque; determinar si David Cameron fue congruente al dejar su lugar a Theresa May o debió luchar para mantenerse entre los más poderosos; sentar las bases para saber por qué Enrique Peña ha gastado su imagen, ha perdido su discurso y se ha desinflado a su paso por la presidencia.

Despejar también los misterios de los grandes líderes corporativos: qué hay en Carlos Slim para que cada mensaje que envíe sea contundente; qué tienen los jóvenes emprendedores en tecnologías de la información que imponen un glamour que ellos no comparten; qué hay de los cientos de jerseys negros que Steve Jobs guardaba en su armario no de forma descuidada, sino con una clara intención de enviar un mensaje a través de su imagen.

Acercarnos al poder que reúnen las corporaciones a través de su imagen: por qué la gente ama Coca-Cola a pesar de los altos índices de diabetes; qué tiene el osito Bimbo que consigue siempre las mejores calificaciones en materia de responsabilidad social; por qué el iPhone sigue siendo el objeto del deseo. Y, evidentemente, por que sus CEOs son quienes son.

Sin saberlo, esa obsesión por la imagen abrió el camino para reencontrarme con mi otra gran pasión: el periodismo escrito.

Así que de eso va esta columna. De reencontrar sentido a todo lo que vemos, a las imágenes que percibimos, de desmenuzar las fotografías que vemos todos los días; de volver a escuchar el discurso que hemos oído sin atender; de mirar a fondo los espectaculares mientras manejamos en las grandes ciudades; de formular juntos teorías y estrategias para mejorar la imagen pública, para entenderla y replantearla.

Se trata de reencuentros: con nosotros mismos, con el compromiso con nuestro país, con el análisis a fondo de las cosas, con la construcción de una reputación más sólida y más poderosa. De imagen y de poder.