La perfección puede ser el enemigo de la productividad al solo buscar la excelencia.

Ilustraciones por Gus Murrieta
Texto por Luis Islas

 

La productividad no se trata de hacer más cosas. Se trata de lo que haces.

Tres aspectos del perfeccionismo pueden interferir con tu capacidad de priorizar las tareas más importantes.

 

1. ERES REACIO A DELEGAR DECISIONES “SIN IMPORTANCIA”

Existe un argumento de que, para tomar decisiones sin importancia, debes decidir rápidamente o externalizar la decisión. Pero los perfeccionistas tienen dificultades para delegar esto.

Les gusta tener el control de todo. ¿Por qué? Porque las imperfecciones los molestan más que a otras personas.

Si algo sale mal, los perfeccionistas se sentirán frustrados o estarán irritados y eso es difícil de ignorar, y no quieren correr ese riesgo.

A veces, los perfeccionistas están tan acostumbrados a la microgestión que ni siquiera se les ocurre que cualquier decisión no sea importante. Están ciegos a eso. Habitualmente y automáticamente clasifican todo como digno de todo su esfuerzo.

 

Solución: en la vida moderna, la fatiga por decidir puede ser intensa.

Un perfeccionista puede aprender a amar a ceder el control sobre algunas opciones si presta atención a lo bien que se siente aliviarse de la carga de la toma de decisiones.

Intenta usar la heurística para decidir rápidamente o delegar con la expectativa de que obtendrás decisiones mucho más rápidas y bastante buenas en general, pero no perfectas. Por ejemplo, una de mis heurísticas es: si he pensado tres veces en hacer algo, continuaré y lo haré sin más deliberación.

 

2. TE SIENTES MORALMENTE OBLIGADO A ENTREGAR DE MÁS

La creencia de que necesitas superar las expectativas en cualquier situación puede manifestarse de muchas maneras.

Supongamos que alguien te ofrece pagar $1,000 dólares por un servicio. Si eres un perfeccionista, proporcionar $1,000 dólares de valor puede no parecer suficiente. Puedes pensar que necesitas dar lo que tus competidores cobrarían $1,500 porque deseas obtener un rendimiento superior.

Piensas: “Si no entrego demasiado, estoy entregando menos”.

O si consideras que 24 horas es un periodo respetable para responder al correo electrónico de un colega, puedes establecer tu propio límite dentro de seis horas.

El punto clave es que crees que lo que generalmente es razonable no se aplica a ti, y tu propio estándar debe ser diferente.

Algunas veces esta línea de pensamiento proviene de querer un colchón excesivo; por ejemplo, piensas “si mi objetivo es ofrecer un valor de 1.5X o 2X para todos los servicios que proporciono, entonces nunca voy a entregar menos”.

También puedes estar impulsado por ansiedad, inseguridad o el síndrome impostor. Por ejemplo, crees que la única forma de evitar que alguien se sienta decepcionado o infeliz es exceder siempre las expectativas.

Los perfeccionistas a veces también imaginan que habrá consecuencias catastróficas si no se entregan en exceso; por ejemplo, les preocupa que un cliente no quiera trabajar con ellos si se toman un día para responder una solicitud de correo electrónico, incluso si se trata de una consulta no urgente y están contentos con todo lo demás.

 

Solución: Elabora un plan para corregir si observas patrones de pensamiento erróneos. Comprende lo que te está costando apuntar siempre a un rendimiento superior.

¿Para qué más no tienes tiempo o energía o atención o fuerza de voluntad? Quizás para tu propia salud, tus grandes objetivos o tu familia.

Si evalúas que los costos son significativos, intenta tener una regla general para cuando te sobreentregas.

Por ejemplo, puedes decidir que en tres de cada 10 situaciones en las que tienes ganas de hacerlo, lo harás, pero no en las otras siete.

Los hábitos específicos de la situación también pueden ayudarte. Por ejemplo, si un periodista me envía más de seis preguntas para un artículo, generalmente responderé seis o más preguntas en detalle, y responderé mínimamente u omitiré las otras. (Probablemente dé mejores respuestas usando esta estrategia porque me concentro en las áreas en las que tengo las cosas más interesantes que decir).

 

3. TE MOLESTAS EN EXCESO CUANDO NO ERES 100% CONSISTENTE CON LOS BUENOS HÁBITOS

Cuando los perfeccionistas quieren adoptar nuevos hábitos, tienden a caer en una de tres categorías.

Quieren más de lo que pueden masticar y sus planes son demasiado difíciles de manejar; evitan comenzar cualquier hábito a menos que estén 100% seguros de que pueden alcanzar su objetivo todos los días, lo que lleva a la dilación; o solo toman los hábitos a los que pueden apegarse.

La flexibilidad es un sello distintivo de la salud psicológica. Debes tener la capacidad de tomarte un día libre en el gimnasio cuando estés enfermo o simplemente te bajes de un vuelo tardío, incluso si eso significa romper una racha.

También deberías poder alejarte de los hábitos que alguna vez fueron importantes en tu productividad o desarrollo de habilidades, pero que has superado.

Tal vez como blogero principiante, prometiste publicar siempre tres veces por semana, pero ahora eso te agota o, como nuevo inversionista inmobiliario, siempre asististe a una reunión mensual, pero ahora obtienes poco de eso.

A veces, el comportamiento más disciplinado (que se desvía de un hábito arraigado o un patrón de comportamiento) se parece al menos disciplinado (tomar un descanso). Pero cuando la autodisciplina convencional se convierte en compulsión, los perfeccionistas pueden ser retenidos por ella.

 

Solución: Establece un mecanismo para verificar que no te apegas a un hábito solo porque estás adorando el altar de la autodisciplina.

Si nunca has faltado a un entrenamiento en dos años (o cualquier otro hábito), quizá no fue el mejor día de tu vida.

Revisa regularmente el costo de oportunidad de cualquier actividad o comportamiento que realices diligentemente para asegurarte de que sea el mejor uso de tu energía física y mental.

El perfeccionismo a menudo es impulsado por la lucha por la excelencia, pero puede auto-sabotearte si conduce a un comportamiento subóptimo, como continuar hábitos más allá de su utilidad, entregarte en exceso cuando no es necesario o pensar demasiado en cada decisión que tomas.